«El cura» (Cuento)

Por Agarf Alecnac. (Cuento) (2019)

«El cura»

Estaba el Padre Carlos, el domingo por la mañana caminando por la feria, antes de la misa. Había ido a comprar verduras para la semana, ya que él estaba intentando hacer una dieta. Con tan solo el rezar no alcanzaba.

Compró tomates, lechuga y cebollas para una ensalada, zapallo para un puré y unos filetes de merluza para hacer a la marinada.

Llegó al puesto de los lácteos, atendido por Rodolfo, mejor conocido como: «El quesero». Rodolfo y el padre Carlos compartían tres grandes aficiones: los quesos, el cine, y el vino.

Cada domingo el Padre Carlos pasaba más por el puesto de Rodolfo para charlar que cine que para realmente comprarle algo.

Esta vez, el Padre Carlos estaba muy molesto y agitado.

- ¿Cómo le va? Padre - Saludó Rodolfo.

- ¡Vas a arder en el infierno!

- ¿Pero por qué se me pone así?

- ¡Vi la película esa! La del David Lynch, ese... ¡No entendí nada! ¡Nada! ¡No tiene sentido!

El Padre Carlos se veía muy molesto, y Rodolfo no sabía cómo reaccionar. Le entregó un trozo de gruyere clavado en la cuchilla para que probara.

- ¿Sabes lo qué podes hacer con esa cuchilla? ¿No?

- Perdóneme Padre - Dice intentando apaciguar las aguas. - No fue mi intención recomendarle una película que no le iba a gustar... Puedo recomendarle, si quiere, otra, más afín a sus gustos...

- ¡No! ¡Vos no me recomiendes más nada! Dame medio kilo de dulce de leche, y medio kilo de semiduro, ¡Sin sal!

- Bueno, bueno. Ya le entrego.

- Dale, apurate, que estoy apurado.

Rápido Rodolfo preparó el pedido, y le agregó un paquetito de maní sin sal en la bolsa, sin decirle nada, regalo de la casa. Quizá más tarde, al encontrarlo, Carlos se sintiera menos molesto.

- Bueno, aquí tiene Padre. No se me ofenda por favor. Se lo ruego. Usted es mi cliente preferido.
- Seguro, seguro... Eso se lo dirás a cualquiera - Dice Carlos con un tono de desprecio. - ¿Cuánto te debo?
- Para usted son doscientos pesos.
- Bueno, perfecto... que dios te lo pague. - Dijo el Padre Carlos dándose media vuelta y yéndose.

Rodolfo, abrumado por la situación se echó un poco de vino y lima-limón en su vaso de plástico. Quedó muy amargado.

Unos diez minutos después, no mucho más, aparece el Padre Carlos con una sonrisa de oreja a oreja y le extiende a Rodolfo un billete de doscientos pesos.

- ¡Da...! ¡No te calentes Rodolfo que te estaba gastando! Vi la película, estuvo buena... rara, pero buena. Me gustó.
- ¡Ay Carlos! ¡No sabe lo amargo que me dejó!
- Y bueno, la vida hay que tomársela para reírse, sino uno se aburre mucho en la iglesia.

Ágarf Alecnac.


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